martes, 16 de febrero de 2016

ARTROSIS Y ACTIVIDAD FÍSICA





En primer lugar definamos que es la artrosis y que conlleva, en palabras de Bernad-Pineda, De las Heras-Sotos y Garcés-Puentes, La artrosis clínicamente se caracteriza por dolor articular, rigidez matutina durante un tiempo menor de 30 minutos, limitación de la movilidad, crepitación, inestabilidad articular, incapacidad funcional, derrame ocasional y grado variable de inflamación local. Los síntomas son insidiosos y ceden con el reposo. Cuando la enfermedad avanza, el dolor puede ser constante al realizar cualquier actividad física y persistir durante horas después. El dolor, que se acompaña de incapacidad funcional, es de características mecánicas, se desencadena con el uso de la articulación, especialmente después de que esta ha estado inactiva, disminuye con el ejercicio, reaparece cuando se prolonga la actividad y mejora hasta desaparecer, con el reposo (1). Bajo esta perspectiva la realización de actividad física puede ser entendida como un factor agresivo pudiendo precipitar la evolución de la enfermedad.

En base a este razonamiento cuando a uno le diagnostican artrosis surgen dos opciones, la primera de ella es movernos lo menos posible, con el fin de evitar el dolor que se produce en determinados movimientos. Ahora bien, esta actitud debe ser contrabalanceada en relación a las consecuencias del sedentarismo y la restricción del movimiento, por lo que puede que el cese de la actividad física no sea la mejor opción. Es por ello, que aunque esta opción parezca más agradable, no te la recomendamos.

Si profundizamos en la opción del cese de la actividad, las consecuencias de la mismas pueden ser, el desarrollo de una incapacidad posterior en relación a la movilidad y una atrofia de los tejidos. El desuso, además añade atrofia a nivel muscular, del cartílago y adelgazamiento del hueso, lo que compromete la integridad articular, contribuyendo a producir o mantener el dolor (2) a la vez que se incrementan las opciones de desarrollar nuevas patologías, como podéis observar en la figura número 1.



Figura 1 El círculo vicioso de la discapacidad

Por otro parte, si nos paramos a analizar los diferentes factores que influyen en el desarrollo de la enfermedad según Mas (3), vemos que mediante una postura basada en la actividad física podemos influir de forma muy positiva en varios factores, tales como la obesidad, enfermedades metabólicas, factores hormonales, debilidad muscular y densidad mineral ósea.

Tabla 1: Factores de riesgo de la Artrosis (3)



Por todos estos aspectos descartamos la inactividad como la opción más acertada, a no ser que el personal sanitario lo considere oportuno.

Nuestra segunda opción, siendo esta por la que apostamos, es la realización de actividad física, siempre supervisada por un profesional de la actividad física y bajo un control médico de la enfermedad por parte del personal sanitario correspondiente.

A su vez, esta recomendación se justifica en la existencia de un acuerdo general acerca de la eficacia del ejercicio en el tratamiento de la artrosis, considerándose la piedra angular del tratamiento conservador (evidencia Ib) (4). En otras palabras, es necesaria la actividad física regular para mantener la fuerza muscular, así como la estructura y función de las articulaciones, máxime conociendo que no lesiona ni favorece la progresión de la artrosis sino que mejora la función (2).

Por todo ello, el objetivo del ejercicio es reducir las limitaciones de la movilidad, fuerza y de la flexibilidad en el movimiento articular y por otro lado, aliviar el dolor, mantener la función y proteger las articulaciones de daño adicional.

Ahora bien, ¿Qué ejercicios debo realizar?. En este caso teniendo presente que la localización de la artrosis determinará las necesidades de cada persona, intentaremos dar una perspectiva general de cómo empezar a trabajar, analizando las recomendaciones generales de actividad física.

En este caso, nuestra metodología de trabajo se fundamenta en dos aspectos:


  • El trabajo a nivel cardiorrespiratorio con una base aeróbica. Para ello podemos recurrir a actividades como caminar, la bicicleta o la natación, siempre adaptando la intensidad a nuestro nivel inicial, y la bicicleta o la natación a nuestras dimensiones corporales y capacidades técnicas respectivamente.
  • El trabajo de la fuerza y el desarrollo de una movilidad correcta. Es por ello que recomendamos que se recurra a un profesional de la actividad física, con el fin de que adquiramos unos patrones de movimientos correctos en primer lugar y adapte el estímulo físico a nuestro nivel, siempre asegurando que la ejecución técnica es la correcta y se desarrolla dentro los rangos de movimientos saludables para la cada articulación.

Referencias bibliográficas




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